Referente del periodismo, es también un escritor con el que muchos jóvenes se inician en la lectura. Contó el exilio, la muerte, el espionaje, el nacionalismo mal entendido y el peronismo.
Decía que no le interesaba la literatura, de hecho es uno de los escritores argentinos menos reconocidos por las plumas académicas, más allá de que los alumnos de cualquier escuela de periodismo o letras que se precie de tal dedique buena parte de sus horas de lectura a recorrer los textos de Osvaldo Soriano, quien murió a los 54 años el 29 de enero de 1997, víctima de un cáncer de pulmón.
Una década y media sin "el gordo", el autor de "No habrá más penas ni olvido", de "Cuarteles de invierno", entre otras novelas dignas de cualquier antología de la prosa argentina. Además, también, creador de un puñado de cuentos que lograron romper con el lugar sagrado del escritor representado por firmas "pesadas" como las de Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares.
Los padres querían que fuera ingeniero, él quiso ser futbolista aunque ni siquiera llegó a probarse en clubes. Reivindicaba al "fubolero" ante el mundillo literario. En su cuento "El mister Peregrino Fernández", dejó una frase terriblemente cierta: "Se dice que el jugador de fútbol no piensa o piensa poco, y sin embargo no conozco una persona que piense tanto y a tanta velocidad como un un delantero cuando enfrenta al arquero y sabe... que el arquero sabe, donde pretende ubicar la pelota". Se jactaba de que era un nueve goleador.
No le gustaba estudiar, dejaba los exámenes para después, leía lo que quería y además hacía de su cinefilia una cuestión casi de principios.
Al mismo tiempo, pasó casi la mitad de su vida en redacciones de diarios (Primera Plana, El Cronista, Página 12), mezclando (renegando) literatura con periodismo puro y duro, con una pluma elevada pero que sabía sobrevolar al ras del lector, como pocos escritores argentinos han logrado hacerlo.
Quizá Juan Sasturain sea otro de los que se ubican en este equipo, quizá hayan jugado un picadito alguna vez, o hayan hecho un bollo de papel y hayan matado el tiempo en alguna redacción.
Nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, con los aviones y años después, con 30 cumplidos, escribió una de sus grandes novelas, "Triste, solitario y final". Gran creador de títulos, además, Soriano. El Gordo se peleó con Borges, con Sábato, con Bioy.
Nunca les perdonó que se hubieran reunido con los jerarcas de la dictadura, que le hayan propuesto el voto calificado, que hayan convalidado la matanza con su presencia en la Casa Rosada en medio de persecuciones, desapariciones y asesinatos.
Tampoco se creyó nunca las reconversiones democráticas. Se era o no se era, dijo alguna vez, tras haber regresado del exilio al que debió partir en 1976 y que recién lo devolvió al país con la democracia a punto de salir del horno, en el ´83.
Contó el exilio, contó sobre la muerte, el espionaje, el nacionalismo mal entendido, el peronismo (que atraviesa su obra con dosis similares de humor, bronca y el eterno misterio del movimiento mítico).
Habló de la patria sin patrioterismo y nos describió sin edulcorante ni demagogia. En una de sus novelas más desopilantes -si se permite el término-, que fue "A sus plantas rendido un león", inventó el amotinamiento de un cónsul argentino en un país africano cuando se enteró de la guerra de Malvinas. Una novela para leer dos veces en la vida, por lo menos.
Fue un relator de (su) época, lo que a la hora de las definiciones biográficas puede establecerse como un artista comprometido con su tiempo.
Vendió más de un millón de ejemplares de sus novelas y (enormes, infaltables) cuentos. Le importaba, sí, se enorgullecía de que sus textos hubieran sido reconocidos por lectores de habla hispana.
No quería la academia, se quedaba con el respeto de sus pares, con la admiración que generaba, y sigue despertando, entre los periodistas que buscaban (que buscamos, que seguiremos buscando) encontrar la palabra exacta para decir más fácil lo que complicamos sin remedio.
Precisamente, en los últimos días de su vida se hizo amigo de Charly García, el tipo que admira a los Beatles por haber logrado hacer que la complejidad sonora fuera traducida en canciones populares para millones. Soriano hizo exactamente lo mismo pero con las letras; las tradujo, las reformuló y las plasmó en textos populares, en novelas y cuentos de pop bien entendido.
Según la leyenda, Osvaldo Soriano escribía de noche hasta que llegaban las primeras luces del sol, cuando se iba a dormir hasta la tarde, momento en que volvía al ruedo. Se fue hace quince años, fumó hasta el último momento, al lado de la Remington, frente al teclado de su computadora a la que había aprendido a amar gracias a su interés en lo que en los años 90 era una todavía incipiente internet.
El cáncer de pulmón nos lo arrancó, el asesino que no perdonó, que mató y puso el señalador en la última página. Y no tenemos a ningún Philip Marlowe que venga a resolver el crimen.
Fuente: Daniel Castelo para InfoNewsSe cumplieron 15 años de la muerte de Osvaldo Soriano
Referente del periodismo, es también un escritor con el que muchos jóvenes se inician en la lectura. Contó el exilio, la muerte, el espionaje, el nacionalismo mal entendido y el peronismo.
Decía que no le interesaba la literatura, de hecho es uno de los escritores argentinos menos reconocidos por las plumas académicas, más allá de que los alumnos de cualquier escuela de periodismo o letras que se precie de tal dedique buena parte de sus horas de lectura a recorrer los textos de Osvaldo Soriano, quien murió a los 54 años el 29 de enero de 1997, víctima de un cáncer de pulmón.
Una década y media sin "el gordo", el autor de "No habrá más penas ni olvido", de "Cuarteles de invierno", entre otras novelas dignas de cualquier antología de la prosa argentina. Además, también, creador de un puñado de cuentos que lograron romper con el lugar sagrado del escritor representado por firmas "pesadas" como las de Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares.
Los padres querían que fuera ingeniero, él quiso ser futbolista aunque ni siquiera llegó a probarse en clubes. Reivindicaba al "fubolero" ante el mundillo literario. En su cuento "El mister Peregrino Fernández", dejó una frase terriblemente cierta: "Se dice que el jugador de fútbol no piensa o piensa poco, y sin embargo no conozco una persona que piense tanto y a tanta velocidad como un un delantero cuando enfrenta al arquero y sabe... que el arquero sabe, donde pretende ubicar la pelota". Se jactaba de que era un nueve goleador.
No le gustaba estudiar, dejaba los exámenes para después, leía lo que quería y además hacía de su cinefilia una cuestión casi de principios.
Al mismo tiempo, pasó casi la mitad de su vida en redacciones de diarios (Primera Plana, El Cronista, Página 12), mezclando (renegando) literatura con periodismo puro y duro, con una pluma elevada pero que sabía sobrevolar al ras del lector, como pocos escritores argentinos han logrado hacerlo.
Quizá Juan Sasturain sea otro de los que se ubican en este equipo, quizá hayan jugado un picadito alguna vez, o hayan hecho un bollo de papel y hayan matado el tiempo en alguna redacción.
Nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, con los aviones y años después, con 30 cumplidos, escribió una de sus grandes novelas, "Triste, solitario y final". Gran creador de títulos, además, Soriano. El Gordo se peleó con Borges, con Sábato, con Bioy.
Nunca les perdonó que se hubieran reunido con los jerarcas de la dictadura, que le hayan propuesto el voto calificado, que hayan convalidado la matanza con su presencia en la Casa Rosada en medio de persecuciones, desapariciones y asesinatos.
Tampoco se creyó nunca las reconversiones democráticas. Se era o no se era, dijo alguna vez, tras haber regresado del exilio al que debió partir en 1976 y que recién lo devolvió al país con la democracia a punto de salir del horno, en el ´83.
Contó el exilio, contó sobre la muerte, el espionaje, el nacionalismo mal entendido, el peronismo (que atraviesa su obra con dosis similares de humor, bronca y el eterno misterio del movimiento mítico).
Habló de la patria sin patrioterismo y nos describió sin edulcorante ni demagogia. En una de sus novelas más desopilantes -si se permite el término-, que fue "A sus plantas rendido un león", inventó el amotinamiento de un cónsul argentino en un país africano cuando se enteró de la guerra de Malvinas. Una novela para leer dos veces en la vida, por lo menos.
Fue un relator de (su) época, lo que a la hora de las definiciones biográficas puede establecerse como un artista comprometido con su tiempo.
Vendió más de un millón de ejemplares de sus novelas y (enormes, infaltables) cuentos. Le importaba, sí, se enorgullecía de que sus textos hubieran sido reconocidos por lectores de habla hispana.
No quería la academia, se quedaba con el respeto de sus pares, con la admiración que generaba, y sigue despertando, entre los periodistas que buscaban (que buscamos, que seguiremos buscando) encontrar la palabra exacta para decir más fácil lo que complicamos sin remedio.
Precisamente, en los últimos días de su vida se hizo amigo de Charly García, el tipo que admira a los Beatles por haber logrado hacer que la complejidad sonora fuera traducida en canciones populares para millones. Soriano hizo exactamente lo mismo pero con las letras; las tradujo, las reformuló y las plasmó en textos populares, en novelas y cuentos de pop bien entendido.
Según la leyenda, Osvaldo Soriano escribía de noche hasta que llegaban las primeras luces del sol, cuando se iba a dormir hasta la tarde, momento en que volvía al ruedo. Se fue hace quince años, fumó hasta el último momento, al lado de la Remington, frente al teclado de su computadora a la que había aprendido a amar gracias a su interés en lo que en los años 90 era una todavía incipiente internet.
El cáncer de pulmón nos lo arrancó, el asesino que no perdonó, que mató y puso el señalador en la última página. Y no tenemos a ningún Philip Marlowe que venga a resolver el crimen.
Fuente: Daniel Castelo para InfoNews


