Único concierto del año de Carlos Indio Solari. La mística ricotera regresa a donde nació, 30 años atrás. Vivencias de una misa vivida junto a treinta mil fieles.
-- ¿Nos bajamos aquí?
-- Si, mejor. Más cerca de la cancha en auto no vamos a poder llegar.
-- Caminemos entonces.
Pasamos el control policial y en las calles que conducían al estadio nos entremezclamos con los grupos venidos de muy diferentes lugares. Nos internamos entre remeras del Indio, entre banderas con historias de misas pasadas y repetidos brindis por las que vendrán.
-- “Vamos los Redondos, vamos los Redoo...”
--¡Entradas en la mano y a la vista! ¡Vamos! ¡Mostrando las entradas!
Ingresamos a la recta larga franqueada por gente de seguridad que conducía al estadio. Cada tanto los controles apostados nos pedían que volviéramos a mostrar las entradas.
-- Si salen de la vereda tienen que entrar de nuevo por el principio – nos dice la seguridad.
-- Es que va y viene.
-- Igual
-- ¿Sos cordobés?.
-- Si. Venimos por Nueva Tribu.
-- No te casés nunca con una cordobesa – le recomiendo.
Sonrisa de resignación como respuesta.
-- Ya está acá ¿podemos seguir?
-- No. Se los dije. Salieron. Tienen que volver al principio.
-- “...ser Redondo es un sentimiento. No se explica. Se lleva bien adentro,...”
Dentro de la cancha la gente se dispersa en las tribunas o por una rampa ingresa al ca
mpo. La liturgia de las banderas colgadas en las alambradas indica pertenencia y devoción de las bandas. Lugares conocidos y no tanto flamean al viento, Mar del Plata, Córdoba, San Luis, Berisso y muchos mas están presente. Y hasta uno de Salta lo viste al Indio con la camiseta de Gimnasia. En las tribunas un ¿de donde venís? es un buen inicio de conversación. A nuestro lado una familia indefinida arenga a alentar a los Redondos, motivados por el ingresar incesante de ricoteros y por el dulce aroma de la confraternidad.
-- “...y por eso te sigo adonde sea. Soy Redondo hasta que me muera.”
Nueve y media de la noche. Se apagan las luces del estadio. Luces rojas iluminan el escenario. Una voz en off anuncia la presentación de “Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”. Sin medir consecuencias arrancan con “Fuegos de Octubre”. En la pantalla gigante se asoma el rostro del Indio. Las emociones se confunden. La realidad se tergiversa. El tiempo no ha pasado. La ilusión no se ha perdido. Una multitud transportada, y no se ha dado cuenta. La misa ha comenzado
Los temas se suceden entre los de los Redondos y los actuales. Abarca desde “El Infierno está Encantador esta Noche” pasando por “Me Matan, Limón” hasta las actuales “To Beef or Not To Beef” y “Porco Rex”. Entretanto sufrimos el ahogo y las heridas en “Pabellón Séptimo”, nos sentimos hermanados en “Juguetes Perdidos”, movemos el culito - como nos pides, Indio - en “Un Angel para tu Soledad” y en - quien puede resistirse a - “Un Poco de Amor Francés”.
Los Fundamentalistas se sienten a gusto y se nota. Precisos y con una gran musicalidad, sin perder la fuerza que imponen los canciones de los Redondos o las más nuevas del Indio. Una puesta que incluye pantallas gigantes en el escenario donde aparecen primeros planos de la banda o las gráficas de los temas que por momentos son deslumbrantes. Sumado a esto un set de luces y el sonido impecable completan una ceremonia perfecta. 
-- Ya vamos con las últimas. Es que ya estoy viejito... – se justifica el Indio.
Se larga entonces con la bella “Flight 956” incluída en Porco Rex. Para el final el himno, el canto sacro tan esperado “Ji Ji Ji”. Un coro unánime se eleva. Un movimiento homogéneo se esparce. Un latir único nos golpea. No lo sueño. Con los ojos ciegos pero bien abiertos. Juro que no lo sueño.
Las luces del estadio se encienden. El final es inexorable. La misa ha terminado. Treinta mil almas sin perdón alcanzaron el cielo.
Texto y fotos
Eduardo S. Iturbe
eduardo@fueradefocoweb.com.ar

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